"La isla del día de antes" de Umberto Eco.
La asignación de un sobrenombre o apodo es una práctica muy antigua. Cuantas obras de nuestros artistas preferidos existen escondidas bajo brillantes seudónimos. En cuanto asado con los amigos de nuestros padres nos hemos reído cuando de repente empiezan con el "te acordas que te decíamos...". Como de la muerte y de los cuernos, nadie zafa del apodo... El chat nos dio hasta la posibilidad, sin ser artistas, de ser nosotros los que saliéramos hacia la virtualidad con un apodo. Con una mascara. El nick lo lucimos con orgullo. Tal vez no lo elegimos nosotros pero es uno de esos magníficos apodos que nos pusieron y aceptamos con cariño.
Por ejemplo, en mi caso, a los 17 años fui bautizada Lelaina por un amigo, en honor al personaje que interpretaba Winona Rider en el film Reality Bites (Generación X en estas latitudes).
Lelaina es, en gran parte, Histeriofobia: el personaje. Joven veinteañera que busca en las cosas una verdad subyacente que íntimamente sabe que no existe. Eterna enamorada del chico malo, apasionada, insurrecta pero a la vez resignada, aparentemente descarada aunque definitivamente vulnerable. Lelaina no es Guada, aunque se parecen. Lelaina no por ello es mi falsa identidad pero tampoco es real. La realidad se toma un descanso. Ningún escritor es a la vez autor. Se volvería loco si estos dos fueran idénticos.
Pero Lelaina no ha sido mi único apodo. También me han dicho buzón (por ser portadora de unos labios de mulatona), tabla de planchar, lombriz, ensalada de frutas (tiene de todo menos limones). No voy a decir que estos apodos me quebraron moralmente o marcaron mi vida pero me animaría a decir que mas de una vez se me ha ocurrido faxearle mis gastos en psicólogo a los creativos que los vociferaban.
Nuestro nombre nos designa, es gran parte de nuestra identidad. De repente, ese nombre que eligieron nuestros padres con esmero, poniendo en él amor y expectativas, se desvanece para ser suplantado por un apodo que resulta de señalar exageradamente una característica física, un exceso o una carencia. Siempre digo que los apodos dicen mas de quien los ponen que de quienes los reciben. No obstante, aunque no nos designen, nos asignan discursivamente determinados atributos que prefiriríamos no fueran audibles. Conozco pocas personas que no se han sentido mal, o al menos incomodas, por haber recibido un apodo en su adolescencia o infancia.
Pero en epocas de culocracia todo cambia y parece que tener un apodo, al menos para las vedetongas, otorga cierto prestigio o, en términos más acertados, gran cantidad de horas de cámara e invaluable exposición.
Porque la "Apodicia", que nada tiene que ver con lo apodíctico (dícese de lo incodicionalmente cierto o necesariamente válido), plantea las nuevas reglas de juego de la culocracia. Hoy si no tenes un apodo, no existis. Esta semana conocimos un montón de chicas, prontas a "Patinar por un sueño", por sus apodos (paraguayita, "culo hecho", tupper) aunque todavía no son facilmente reconocibles por sus nombres. Seguramente ya lo seran por sus trastes.
La "Apodicia" nos plantea una especie de construcción de sujeto al reves. A través de su exposición, que es la publicidad del programa, conocemos a estas chicas a través de sus apodos antes de conocer sus nombres. Cuando el programa empiece las conoceremos por sus atributos físicos porque se obviaran sus rostros. Es un poco mas que lo real tomandose un descanso.... en este caso, se va de vacaciones.
Ante nosotros, el gran escenario y sus personajes. ¿Quiénes son? ¿Por qué estan allí? ¿Por qué lo consumimos? A partir de ello, ¿Quiénes somos?